|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||
|
EL PUEBLO DE LOS HOMBRES BUENOS —Cabrón, ¿te has corrido encima mía? —preguntó Ray.
—No, tío. Es que me he puesto muy cachondo y ha sido un chorro de líquido preseminal —respondí, levantándome y retirándome para mirar. Un trallazo de líquido había embadurnado la zona de nuestros abdómenes. Entonces observé la polla de mi amigo, que seguía fláccida, aunque algo más morcillona—. Joder, Ray. ¿No te has calentado lo más mínimo?
—No sé. Molan los jueguecitos, pero no me excitan —se encogió éste de hombros—. ¿Se te ocurre otra cosa?
—Pues no sé —me quedé pensativo—. Si no te pongo cachondo, al menos disfrutaré yo —resolví de forma práctica.
—Es lo que te he dicho desde el principio.
—Ven —le llamé.
Le levanté del sillón y le obligué a hincarse de rodillas en él, a cuatro patas, con su culazo en pompa y mirando hacia Emilio, que observaba interesado como se desarrollaba la escena. Me coloqué detrás de Ray y acaricié con mi mano su amplio y suave trasero sin apenas vello. Recorrí con mis dedos toda su raja, bajando hasta sus huevos, cogiéndoselos desde detrás, lo mismo que su polla, que colgaba algo más hinchada. Lo que más me apetecía era agacharme y amorrarme a su ojete para succionarlo hasta la extenuación, meterme su polla entre los labios y mamársela, saboreándola toda en mi boca, extender mis manos y sobar sus ricas tetas. Pero me conformé con pegar mi henchido cimbel a su culo y restregárselo mientras me ponía por encima de él, pegando mi pecho a su espalda, amasando sus tetas y su barriguita con mis manos. Le besé el cuello, se lo lamí y di pequeños chupetones aquí y allá. Pero nada, la polla de Ray seguía sin reaccionar. ¿Cómo era posible? Bueno, podía ser un completo hetero y estar poniéndose a prueba a sí mismo. Me tenía asombrado.
—Tío, Ray, esto es desesperante —me quejé.
—Te lo dije. —Me quité de encima de él, con mi cipote apuntando al techo—. Ahora tú —le dijo a Emilio.
—¿Yo? —tragó éste saliva, mirándome el cimbel.
—Sí, tú. ¡Venga! —le animó Ramón—. Has hecho un trato.
—Sí, pero…
—No mames, cabrón. No hay peros que valgan. ¡Ahora, vamos!
Emilio, mirándonos con ojos de cordero degollado y resignación, se dio prisa en sus movimientos y al instante, sentado todavía sobre el amplio sofá, se bajó pantalones y calzoncillos hasta los tobillos, mostrándonos un buen pollote moreno plenamente erecto. Era una gozaba ver aquel instrumento de unos 16 cm y no excesivamente gordo, con medio capullo cubierto por un fino pellejo y reluciente. Ray, al verlo, profirió una sonora carcajada que encendió los carrillos de Emilio, algo avergonzado.
—¡Te has puesto como una locomotora al vernos! —manifestó nuestro amigo. Emilio no contestó.
—Tranquilo, Emilio —me acerqué a él, apretándole en el hombro con un gesto amigable—. Estas cosas pasan hasta a los más machos. Ray… —señalé a Ramón—. Ray es una excepción, de veras.
—Ya —soltó el guapo mejicano bastante turbado.
—Déjame, anda —dije alargando mi brazo y estrechando el tronco de su pollón con mis dedos alrededor. Le bajé el pellejo y dejé a la vista su rosado capullo. Emilio me miró sin saber qué hacer—. Relájate.
Me planté de rodillas en el suelo, le quité los pantalones y los calzoncillos que tenía en los tobillos y sin más preámbulos me comí su polla. Le oí suspirar con mis primeras succiones y noté sus manos en mi cabeza, lo mismo que las de Ray, que se unieron a las de Emilio, guiándome en los movimientos.
—Muy bien —me susurraba Ramón al oído, agachado junto a mí—. Cómetela toda. ¿Te gusta? ¿Te gusta cómo sabe? —me decía en tono provocador, ante lo que yo asentía sin sacarme el nabo de Emilio de la boca—. Cómetela toda, Luisfo. Cómete toda la polla de mi colega, tío. Así, así, como tú sabes. ¡Joder, aprieta así los labios! —me decía. Y yo presionaba aún más aquel trozo de carne con mis rosados y carnosos labios.
Ray me apretaba con sus manos en la nuca, cogía sin reparos el rabo de su amigo, me lo sacaba de la boca y lo meneaba fuera, golpeándome en las mejillas con él, salpicándome de saliva. Después me lo hundía otra vez en la garganta y me dejaba hacer a mí solo. Se subió para arriba, junto a Emilio, que con los ojos cerrados disfrutaba de la felación.
—Disfrútalo, cabrón —le dijo Ray mientras le quitaba la camiseta a su amigo—. Disfruta de cómo te la mama Luisfo.
—Sí, Ray —decía Emilio cachondísimo, que, totalmente desinhibido, plantó su rostro en el cuello de Ramón y le dio un lametón. Ramón, lejos de apartarse, permaneció en el mismo sitio, lo que provocó que Emilio comenzara a bajar por el pecho jugueteando con su lengua hasta llegar a las tetas de Ray. Cogió una y empezó a mamar como yo había hecho minutos antes.
—¡Vaya dos maricones! —exclamó nuestro amigo. Para ese momento yo me había metido los huevotes de Emilio en la boca, y les soltaba mordiscos a saco, haciéndole retorcerse de dolor.
—Ahhhhhh, ¡Cabrón! —gritaba—. Que me haces daño —se tocaba los cojones con la mano, apartándome de ellos.
—No seas capullo —le reñía Ray— y déjale que te haga todo lo que sabe hacer.
—Pero me hace daño —se quejó el guapo mejicano.
—Disfrútalo, cabrón. No me dirás ahora que no te gustan las emociones fuertes.
Y obediente, Emilio me dejó succionarle los huevos hasta provocarle un daño terrible. Pero el cabrón sólo se quejaba un poco, se contraía, apretaba los dientes y me dejaba hacer, mientras Ray le daba palmaditas en el vientre y en las mejillas, sin dejar de repetirle: "¡Muy bien! ¡Estás haciéndolo muy bien, cabrón!".
Liberé los cojones del mejicano y me puse en pie, mirando a ambos. Mi polla estaba enhiesta, apuntando al techo. Me la meneé mientras Emilio me observaba con expresión embargada. Ramón me sonrió y tomó la polla dura de su amigo para masturbarla. Emilio se dejó hacer. Pude ver que Ray continuaba con su pene fláccido, cosa algo desencantadora, aunque me excitaba ver como controlaba el desarrollo de la situación.
—¿Quieres probar eso en tu culo? —preguntó Ramón a Emilio en referencia a mi pija.
—No estoy seguro —se llevó Emilio un par de dedos a la entrada de su culo, acariciándosela.
—Como tú quieras —concedió Ray.
Yo me meneé la polla sin decir nada, simplemente les miraba.
—¿Me dolerá mucho? —me interrogó el guapo mejicano.
—Es muy posible —declaré sincero.
—Es que la tienes muy grande. Sí, me va doler mucho —se dijo a sí mismo.
—No tenemos porqué hacer nada —dije.
—¿Pero a ti te apetece? —me preguntó.
—¿Follarte? —hablé sorprendido—. Claro que me apetece hacértelo, cabrón. Pero eso es decisión tuya.
—No lo sé. Ahora mismo estoy tan cachondo —dijo indeciso. Se cogió la polla y la estrujó. Estaba completamente enhiesta, con el capullo bien lubricado.
—¿Quieres que te prepare yo? —le preguntó Ramón, que sin tapujos bajó su mano hasta la raja del culo de Emilio, atisbó con sus dedos entre el tupido vello que la cubría y jugueteó en el apretado esfínter del chico. Emilio separó un poco más las piernas para que Ray le acariciara bien el ojete.
Me flipaba que mi amigo estuviera haciendo todas aquellas cosas con un interés plenamente científico, pues su polla no había aumentado ni un solo milímetro. Tocaba a Emilio como si nada, sin rastros de lujuria, morbo o algo que se le pareciera. Parecía divertirse, pero no disfrutar en un plano sexual.
Ray se llevó dos dedos de su mano a la boca y los chupó, humedeciéndolos bien de saliva. Estaban brillantes cuando los llevó a la boca de Emilio y se los dio a lamer también a él. Vi como Ramón le hurgaba dentro con el índice y el corazón. Yo me masturbaba a escasa distancia, de pie. Después, aquellos dedos se dirigieron de nuevo a la raja del culo del guapo mejicano. Y sin piedad ni esperas, Ray comenzó a meterle un dedo.
—Despacio, mamón. Ve despacio, hijo de la chingada —Pero para cuando dijo aquello el dedo de Ray ya estaba todo dentro y salía un poco para volver a introducirse en una pequeña follada. Emilio echaba su cabeza hacia atrás, resoplaba y la levantaba para admirar asombrado que aquello que le abría el ojete era la mano de su mejor amigo—. ¡Serás puto, Ramón! ¡Me estás follando el culo con tus dedos! —exclamó al ver cómo Ray le metía el segundo dedo y continuaba con el mete-saca.
—¿Te gusta? —le preguntó.
—¡Claro que me gusta, cabrón! Mira como tengo la pija —mostró su cipotón, duro como la roca—. ¿Y a ti no te gusta? —le interrogó, cogiendo entre sus dedos la polla fláccida y los huevotes morenos y peludos de Ray—. Es una lástima que estés así. Se goza bien, hermano.
—Te estoy viendo, mamón —contestó Ray—. Ya verás como la gozas el doble cuando Luisfo te meta toda su pijota, güey.
Entonces me acerqué porque ya iba llegando el momento de pasar a la acción. Mi rabo estaba a reventar, con el capullo amoratado y las venas hinchadas. Estaba muy caliente. Al verme, Ray sacó sus dedos del culo de Emilio, separando después los cachetes con las manos y mostrándome su rosado esfínter, cubierto todo alrededor con un espeso vello.
—Espera. Tengo que lubricarme el nabo —dije—. ¿Te gustaría chupármela? —pregunté a Emilio inocentemente. Éste miro a Ray y volvió a mirarme a mí. Se incorporó y sonrió.
—¿Por qué no, güey? Dámela, cabrón —pidió.
Le arrimé la polla a la boca, le cogí la cabeza con las dos manos y empecé a follarle aquellos labios carnosos.
—Dale verga, Luisfo. Vamos, dale verga —me animaba Ramón, que también hacía presión en la cabeza de Emilio con una de sus manos y con la otra me acariciaba el culo, sobándomelo con fruición, soltándome palmaditas.
—Chupa, ¡sí! ¡Chupa, chupa, cabrón! —animaba a Emilio, que para ser su primera mamada no lo hacía nada mal a pesar de los mordisquitos que me soltaba en la punta del nabo accidentalmente. Pasaba mis manos por su carita, por su rala barbita de varios días, aquella tez morena. Era muy guapo, con sus ojazos negros y sus largas pestañas, mirándome despiadadamente. ¡Menudo marica estaba hecho! Y todo mientras Ray no dejaba de sobarme el trasero—. ¿Te gusta mi culo o qué? —escupí entre jadeos de placer. Tenía la polla a punto de crema. Si seguía follando la boquita de Emilio a ese ritmo le iba a descargar toda la nata de mis huevos. Ray me miraba pero no contestaba a mi pregunta—. Ramón, hijo de perra. Tienes la polla arrugada y nos estás metiendo mano por todos lados, cabrón —le insultaba—. Eres un calentón. Nos estás poniendo cachondos como perros y tú nada. Déjame que te haga algo.
—No —se negó orgulloso de que su estrategia surtiera efecto—. No es a mí a quien le tienes que hacer cosas—. Es a este culito —dijo, liberando a mi polla de la boca de Emilio. Obligó a su amigo a ponerse de rodillas y a cuatro patas sobre el sofá, entregándome su culo—. Todo tuyo.
Emilio me miró por encima de su hombro y me sonrió, separándose las nalgas con una mano. Era el momento.
—Te la voy a meter todita —advertí, esgrimiendo mi nabo bien erecto, con el capullote rosado amenazante.
Di varios pasos, planté la punta de mi cimbel en aquel esfínter y, tomando mi trabuco por la base, comencé a apretar. Emilio gritó, pues su ojete no cedía a mi empuje y me vi obligado a apretar más con mi ariete.
—Ahhhhhhhhhhh —gritaba Emilio.
—Métesela, Luisfo. Sin miedo. Éste Emilio es un blando. Trátale como a un macho, que se tiene que dar cuenta de que lo es —me arengaba Ramón.
—¡Me duele! —decía Emilio, echando sus manos hacia atrás para impedir que siguiera empujando.
—Vamos, güey. No te comportes como una colegiala. Pórtate como un hombre. Que la primera vez que te desvirguen el culo sea bestial —intentaba convencerle Ray.
—No entra. ¡Para! —me pidió.
Desistí, pues mi polla no había entrado lo más mínimo. Me agaché hasta el agujero de su culo y pegué mi boca a él, comenzando a meterle mi lengua, ensalivándolo y lubricándolo. Ray continuaba con sus intentos de persuasión.
—Cabrón. Tienes que relajarte y que te follen como cuando tú te follas a una de las muchachas, que te piden que pares porque las matas de gusto y dolor.
—Pero me ardía el culo —se defendía Emilio.
—Así no lo disfrutarás. Vamos. Intenta relajarte y deja que Luisfo te haga.
—Bien. Eso intento.
Preparados para la segunda oportunidad, volví a plantar mi nabo en la entrada de aquel estrecho culo. Apreté un poco más fuerte que la anterior vez y al instante Emilio empezó a gritar. Pero esta vez, Ramón le tomó las nalgas y se las separó bien, observando de cerca como por arte de magia aquel ojete engullía todo mi bazoca.
El grito de Emilio era desgarrador, pero no me pedía en ningún momento que parase, así que se la iba a hundir hasta el fondo. Estaba desvirgando a aquel tío bueno, con aquel culito delgado respingón, con la ayuda de Ray. No me lo podía creer, pero finalmente, mis huevos hicieron de tope. Me quedé quieto mientras Emilio, paralizado, respiraba de forma entrecortada, gimoteando como un animal herido.
—Y ahora te la voy a sacar despacito toda para volver a metértela —le dije. Mi pecho estaba pegado a su espalda y con mis manos acariciaba su vientre plano, sus tetitas duras y sus caderas.
—No —jadeó éste.
Pero hice caso omiso de su súplica y comencé a descerrajar su ojete, y conforme el tronco de mi robusto cimbel salía, me di cuenta de que aparecía manchado de una sustancia extraña. Al sacarla toda fuera Ramón y yo caímos en la cuenta de que aquella sustancia acusona era un poco de sangre. Le había roto el culo a Emilio, literalmente.
—¿Estás bien, güey? —le preguntó Ray preocupado.
—Sí, cabrón. Me hicieron mierda el culo, pero estoy bien.
—Te sale un poco de sangre —le informé.
—Joder —se palpó el agujero y luego miró sus dedos algo manchados de la sustancia carmesí—. Me rompiste el culo, cabrón. Pero no me duele mucho. No debe ser nada grave. Hay veces que cuando voy al baño me pasa.
—Sí. No parece importante, pero bueno. Es suficiente para dejarlo aquí —observé.
—Bien, cabrón. Ya sabes lo que es que te metan una buena polla —le dio una palmadita Ray en el culo.
—De eso nada. No me puedo quedar con las ganas ahora. Eso no es nada. Es un poco de sangre por el esfuerzo. Nada más. Quiero seguir —pidió Emilio.
—¿Estás seguro? Si seguimos puede que te salga más sangre.
—En ese caso pararemos. Pero venga, métemela otra vez.
—¡Serás cabrón! –dije cachondo ante la idea de seguir follándome a pelo aquel culo que acababa de reventar.
Y así fue, Ramón volvió a separa las nalgas de su amigo, yo apunté con mi estoque y le metí a Emilio mi nabazo hasta más no poder. Él arqueó la espalda y gritó. De un solo golpe se la había clavado en lo más hondo. Lo que siguió a aquello fue una follada frenética de sacarla toda y volver a meterla toda de forma salvaje y bestial, produciendo que cada vez que dejaba fuera mi polla, ésta reluciera húmeda de la saliva que echábamos Ray y yo para lubricar, de minúsculos restos de sangre y algunos restos marrones de la mierda que Emilio acumulaba en su intestino.
Tras diez minutos bestiales, yo me follaba a Emilio en la moqueta, él boca arriba y yo encima de él boca abajo, apuñalándole indecentemente con mi cipote. Estábamos bañados en sudor. Nos besábamos, nos acariciábamos la cara, el pelo, nos apretábamos los cachetes del culo. Pero en ningún momento dejábamos de gemir y follar como si nunca antes lo hubiéramos hecho, diciéndonos guarradas y barbaridades para ponernos más cachondos todavía. Estábamos echando el polvazo del siglo bajo la atenta mirada de nuestro amigo Ramón, que poco más allá, sentado en el suelo y la espalda apoyada en el sillón, había conseguido poner su polla dura y se masturbaba mirándonos con atención. Aunque parecía costarle.
Giré mi cuello y le observé. Emilio me imitó. Era cierto que Ray tenía una polla pequeña, pero no por ello menos apetecible, con aquella maraña descuidada de pelo púbico y sus morenos cojones.
—Ray, cabrón —le llamé—. Ahora que la tienes dura deja por lo menos que te la toquemos un poco. —Él sonrió ante mi petición y sin decir nada, se puso de rodillas y se nos acercó.
Emilio y yo estiramos la mano. Yo le toqué el rabo y Emilio los huevos. Se los acariciamos durante un minuto más o menos. Después le miré sin dejar de dar embestidas más suaves a su amigo.
—Déjanos chupártela —pedí, jugueteando con ella entre mis dedos.
—¿Queréis chupármela? —preguntó.
Y sin más me la enciscó en la boca. Tener aquel trozo de carne de no más de 13 cm hizo que mi polla se endureciera aún más si cabía. Me deleité mamándola toda, incrustándomela en el fondo de la garganta mientras Emilio se comía sus huevotes. Y después se la metió a su amigo en la boca, inclinándose sobre éste y quedando a cuatro patas. No me dio pena sacarle mi nabo del culo a Emilio, pues tenía un objetivo mejor. Cuando Ray quiso ser consciente de lo que estaba pasando, mi lengua se había clavado en su ojete inexplorado. Mamé aquel esfínter peludo durante largos minutos mientras Ramón jadeaba de puro gusto. Mis manos amasaban sus tetas, su barriga y sus cachetes. Y llevado por la enajenación del momento, me levanté con el rabo tieso a más no poder, me puse en cuclillas y no fui consciente del momento en que le metí a Ray mi cipote hasta lo más hondo de un solo empujón.
En ese momento algo me sacó de mi ensimismamiento.
—Hola, ¿Luisfo? —preguntó una voz. Levanté mi cara para mirar quién era y descubrí, todavía desorientado, la cara de un chaval moreno, algo aniñado pero con sombra de barba y una sonrisa tímida. La erección que ocupaba mi pantalón tras el recuerdo de mi tórrida historia en San Diego era de órdago.
—Sí, soy yo —dije rápidamente, recomponiéndome y pensando en que no quería levantarme para estrechar la mano del chico. Si no podría descubrir mi tienda de campaña.
—Soy Patxi, el hijo de Sanchís, el amigo de tu padre.
—Sí, sí. Ya sé —me desquité, cerrando de un golpe mi manual de sociolingüística. Después estreché su mano.
—¿Vamos a dar aquí la clase de inglés? —me preguntó.
—Eh, no, no. Si te parece es mejor que vayamos a mi casa para poder hablar en voz alta y tal. Aquí podemos molestar a la gente de la biblioteca —me pasé la palma de la mano por la frente y descubrí que estaba sudando y todo.
—Bien —aceptó él—. Pues voy un momento al baño y nos vamos —dijo.
Yo asentí con la cabeza y resoplé ante el claro en el cielo que veía. Tenía tiempo para relajar mi erección. Al menos un poco. Tenía las hormonas demasiado revolucionadas y, sinceramente, que hubiese aparecido aquel chaval no ayudaba en lo más mínimo. ¿Qué tendría? ¿17? ¿18 años? Parecía tener 15 o 16. Bajito, ancho de espalda. Y claro que le conocía. Le veía en la piscina municipal cada verano, y cada verano volvía a fijarme en él porque con el paso del tiempo se iba poniendo más potente. Él y sus amiguitos.
Y ahora encima me lo llevaba a mi casa a darle clases de inglés. Más me valía escaparme al baño y hacerme una paja si no quería que mi polla y mi calentón me jugaran malas pasadas. |
|