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El viejo no pudo menos que mirar con lascivia al joven Amo. Le dedicó un lametazo a las botas del chico para agradecerle la orden. Y siguiendo en su papel de animal sumiso, se desplazó sobre sus cuatro patas hasta que su rostro quedó a la altura del vientre del negro, que permanecía de rodillas a instancias de los guardias.